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“Con mis ahijados aprendí a amar de una manera diferente a las que había experimentado”

“Con mis ahijados aprendí a amar de una manera diferente a las que había experimentado”

by Carestino
27 enero, 2022
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El padrinazgo no es un lazo de sangre y sin embargo es un vínculo único que resignifica relaciones y aprendizajes. Pablo Andisco, periodista, nos cuenta la profunda, complice y enriquecedora relación con Camilo y Manu, sus ahijados.

Antes de que mis tíos Ernesto y Susana me concedieran el honor de convertirme en padrino, cuando ni siquiera imaginaba la posibilidad de serlo, la palabra me vinculaba directamente a la saga de la película. Siempre me gustó un poco más la 2 que la 1, y nunca logré entender si la 3 estuvo de más. Cada vez que se me cruza me detengo a verla y descubro algo diferente en cada una de sus escenas y personajes inolvidables.

A partir del éxito universal de la película de Francis Ford Coppola, la palabra padrino empezó a tener una connotación negativa. Resumía la idea de alguien necesario para triunfar por las malas; alguien que resuelve los caprichos propios y ajenos con ofertas imposibles de rechazar, con métodos que van desde un diálogo ameno a las balas, si son necesarias. 

Mi experiencia en los más de trece años que llevo como padrino indica todo lo contrario: aprendo de Camilo mucho más de lo que yo le podría enseñar. Aprendí a amar de una manera diferente a las que había experimentado. Me derretía de amor cuando desafiaba las leyes de la fonoaudiología y me decía pagrrino, así, con ge y triple ere. Y aprendo hoy, cuando me confía las desventuras para conseguir hacerse de un hámster o cuando me muestra lleno de orgullo, y con una pizca de vergüenza adolescente, sus proezas en la escuela industrial. 

Ser padrino para mí es eso que me cuesta tanto explicar. Es un lazo de amor y de confianza mutua. Es esperar cada cumpleaños para ver esta vez cuál va a ser su regalo personalizado, -puede ser un poster desplegable, un portarretratos o ¡un libro!-, todo hecho por sus propias manos y con sus respectivas dedicatorias 

Pero también, es estar para lo que necesite y que mi ahijado lo sepa. Y, ante todo, es complicidad. Es ir de la mano a cambiar figuritas al parque, verlo transformarse repentinamente en adulto para defenderse de que no le encajen una repetida, y verlo nuevamente pequeño, cuando me pide la mano para cruzar. Y justamente por esa complicidad, no voy a revelar más detalles de la relación. Me los guardo para siempre, me conformo con que él y yo los sepamos.

Hace unos meses me quedé a cuidarlo una noche por un viaje de sus padres. ¡Cuánto cambió respecto a aquel bebé al que había que había que darle de comer en la boca y enchastraba todo lo que tenían alrededor! Ahora va y viene en subte, tiene su propia llave, come pizza a la par de su padrino y levanta y lava los platos. Quizás para él fue una charla más, pero para mí fue muy emotiva. Por primera vez sentí que estaba hablando con un grande. Por más que contara del cole o del viaje de egresados, mi ahijado definitivamente había crecido. Y en ese momento, empezaba otro desafío para el que estoy, y seguiré, aprendiendo día a día.

Soy tan afortunado que Cami no es mi único ahijado. Pasaron unos diez años cuando otra vez fui convocado para tal misión. Mis amigos Facundo y Jesica me ofrecieron ser padrino de Manu y la propuesta me sorprendió por partida doble. Lógicamente sabía que no es condición esencial tener un lazo de sangre para ejercer el padrinazgo, pero cuando me convocaron fue muy movilizante. 

Y con Manu volví a sentir ese plano de conexión sin mucha lógica racional. Vivimos cerca, pero no tanto como para encontrarnos de casualidad con la frecuencia que lo hacemos. Y en cada uno de esos encuentros, con su mirada todavía tímida, me iba transmitiendo algo que no lograba descifrar. 

Hasta que la última vez que lo vi, cuando quería conversar con sus padres de cosas de grandes, me habló como nunca lo hizo, haciéndome parte de su mágico mundo donde los dinosaurios todavía habitan la tierra y conviven en perfecta armonía con autos y camiones de todos los tamaños. Y otra vez surgió lo inexplicable del vínculo, de la conexión, esos códigos que por más que le dé vueltas al asunto, no logro definir. Ojalá que todos pasen por la experiencia de ser padrinos así pueden entender de qué estoy hablando.

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